Tomas Bradanovic

3 junio, 2009

Ah, los ingenieros de antes

Archivado en: antiguos, ingenieros — tombrad @ 10:21 am


Conversamos con Mario, mi colega y amigo sobre lo mal formados que están llegando los ingenieros. El es mucho más jóven que yo, está empezando a hacer clases y todavía tiene el impulso de las matemáticas con que salimos de la Escuela de Ingeniería y se encuentra con el shock que cosas que nos parecen muy sencillas a los electrónicos: un gráfico, una matriz, el método simplex, resultan chino para los muchachos que estudian administración ¡nosotros si que éramos ingenieros de verdad!.

Sin embargo pienso que la malla con que estudió Mario es mucho más simple que la malla que estudié yo. Al final nosotros como ingenieros de ejecución tomamos más cursos en cuatro años que los que toman a hora los ingenieros civiles en seis años ¡yo tuve que aprobar más de 70 cursos!. Pero la cosa no termina allí porque cuando yo estudié para técnico electrónico no existían las calculadoras, ni hablar de los computadores y me hicieron un semestre de “regla de cálculo” con un enorme modelo de regla Aristo en el pizarrón. Así pasábamos horas desarrollando el arte y la habilidad de las aproximaciones. Para hacer cálculos en esos años había que tener muy buena vista.
Ni me quiero imaginar como habrá sido estudiar ingeniería en esa época, sin calculadoras ni computador, todos los cálculos a mano. La electrónica también era muy distinta, la mayoría de los componentes no se cambiaban sino que se reparaban con cautin en mano, los “verdaderos ingenieros” miraban con desprecio a los “cambia-piezas”. Es impresionante como se han simplificado las cosas desde esa época. Un ingeniero civil calculista, o un químico tenían que desarrollar habilidades enormes de concentración y cálculo mental que ahora ni se necesitan.
Y seguramente esos viejos ingenieros civiles calculistas, que trabajaban con la Tabla Larsen y la regla Aristo miran para atrás y ven con admiración a los que construyeron las catedrales góticas, de cientos de metros de altura con luces y problemas de resistencia que harían transpirar al computador más sofisticado ¿como lo habrán hecho?. No sabemos lo que somos capaces de hacer hasta que nos tiramos el filete y lo intentamos: huaso rico, huaso pobre.
En 1974 estábamos en el curso de teoría de redes en Inacap, lo recuerdo clarito, el asunto hoy parece muy sencillo pero en ese tiempo era un trabajo de locos calcular determinantes con lápiz y papel cuando la matriz se complicaba. Entonces apareció el chango Vargas, nuestro compañero boliviano con una caja negra que parecía ladrillo, era una de las primeras calculadoras Elca negra y con grandes números rojos con LED. El revuelo fue inmenso, hacía las 4 operaciones y raíz cuadrada. Todos nos apiñábamos a ver la maravilla 2×3=6 ¡ohhhh! 758/56= 13,535714285 ¡ohhhhh! pasábamos horas en eso, por supuesto que estaba prohibido usar la calculadora en las pruebas pero ¿como podían prohibirla en las tareas?.
Ayer hice una prueba que en mi época habría sido tan fácil que me habrían despedido, todas las preguntas estaban disponibles en el blog, bastaba con haberlo estudiado un poco. A la salida me encontré con unos alumnos reclamando que había estado demasiado difícil, espero que esten bromeando pero me temo que no, realmente les resultó difícil, estaba pensando en lo que conversábamos con Mario y en lo de la prueba de ayer, los alumnos no son especialmente tontos, muchos me da la impresión que son más vivos que yo mismo ¿qué pasa entonces?.
Me da la impresión que al bajar el nivel de exigencia se produce un efecto desgenerativo en alguna habilidades como la concentración y la memoria. En todo caso no me preocupa mucho porque esas habilidades rara vez son valiosas en el desempeño profesional, las máquinas van tomando cada vez más esa clase de trabajos, pero la pereza mental es lo más natural y se podría extender a otras cosas, es normal buscar siempre el camino del menor esfuerzo, así lo hace la naturaleza.
Tiene que haber un equilibrio, no le veo ningún caso a presionar a los alumnos para que resuelvan problemas demasiado complicados que se pueden resolver de manera simple, para terminar tal vez muchos conozcan este cuento:
Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Britá¡nica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de oner un cero a un estudiante por la respuesta que habí a dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen: “Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”.

El estudiante había respondido: “lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio”.

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudios, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para
que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le
quedaba escribió la siguiente respuesta: coja el barómetro y láncelo al suelo desde la azotea del edificio, calcule el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplique la fórmula altura = 0,5 A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí , contesto, este es un procedimiento muy básico: para medir un edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura.

Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro esta a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precisión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: Señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo. En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Físíca en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

Casi con seguridad la anécdota es falsa y creo que generalmentel se interpreta mal, seguro que Bohr (que exasperaba constantemente a Einstein por su superior intelecto) jamás hizo esa prueba y la moraleja del asunto no es que Bohr haya sido muy inteligente, cualquier persona con sentido del humor y un poquito de conocimientos de física habría dado una respuesta parecida, la moraleja es que los problemas tienen varias soluciones, las soluciones más simples son mejores y no siempre resultan ser las preferidas.

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