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Hay ciudades en el mundo que son famosas por su comida de calle, esa que se vende en carritos o se cocina en el fuego abierto de una parrilla ubicada en las esquinas. Cuando yo viajé por primera vez una de las cosas que más me asombraron es que en países desarrollados esa comida abunda mucho más que en nuestro Chile y normalmente era de un sabor y calidad que cualquier restaurant envidiaría.
En Frankfurt me asombró la cantidad de carritos vendiendo pan con salchichas y la cantidad de gente comiendo parados en mitad de los paseos peatonales, en Nueva York carritos o tambores con simples braseros por todos lados igual que en Londres donde se encuentra comida de todo el mundo preparada y vendida en plena calle.
En general yo no compro ese cuento de la cultura europea, olvidando que hace muy pocos años tuvieron los gobiernos más bárbaros de la historia, pero la actitud en algunos países europeos hacia la calle es maravillosa y muy civilizada, nadie se escandaliza ni pone problemas si alguien se está tomando una cerveza sentado en un banco de la calle en Alemania, las calles son mucho más públicas, lugares de paseo y encuentro no solo caminos para moverse de un lugar a otro.
Para que hablar del Perú donde la comida callejera se encuentra por todas partes. Las primeras veces que viajé a Tacna tenía -estúpidos- escrúpulos sobre la higiene hasta que fui con unos amigos gringos que me hicieron notar que la comida de calle es mucho más limpia y fresca que la de cualquier restaurant cuya cocina, al llegar la noche, es tomada por las ratas y cucarachas.
Cuando trabajé en Tacna descubrí los anticuchos de corazón que venden en un carrito cerca del estadio de fútbol y al clásico, hecho de arroz con leche y mazamorra morada, aunque nunca me acostumbré a comerlo desde la bolsa de polietileno.
¿Por qué en Chile no tenemos comida callejera? bueno, tenemos pero muy poca y mala: grasientas sopaipillas, sandwiches de potito y anticuchos de gato o cualquier otra carne no identificada, la comida callejera chilena se caracteriza por ser mala y casi siempre insalubre.
La comida callejera refleja la alegría de un pueblo. La sociedad chilena es apagada y apegada a las reglas, aunque no signifiquen nada, por eso no tenemos buena comida en las calles. Nuestra comida callejera es lumpen, ilegal, a la vieja de las sopaipillas le dura seis meses el aceite y eso a nadie le importa, porque saben que la pobre veterana apenas sobrevive vendiéndolas medio escondida, hasta que llegan los Carabineros y le requisan el carro. O se lo dan vuelta.
No hay permisos para vender en un carrito en la calle, porque eso choca a las autoridades municipales y sanitarias, preocupados por velar por la salud de todos los chilenos. ¿Que tan preocupados están en realidad? Porque una vez que alguien ha pasado por el calvario de obtener todos los permisos, después de coimear a un ejército de inspectores, puede tener crianza de ratas en su cocina y nadie le va a decir nada: ya tiene la autorización y con eso basta. En Chile vivimos de apariencias.
Es parecido a lo que pasa con el porte de armas: como está prohibido portar armas los únicos que andan armados son los delincuentes. De manera similar, los únicos que pueden vender comida en carritos en Chile son lumpen, ilegales, parientes o amigos del alcalde de turno. Que desgracia.
Nos creemos muy avanzados pero somos cada día más apagados e hipócritas. Si alguien se toma una cerveza en la calle lo multan, si quiere vender sandwich en un carrito o poner un chiringuito en la playa no se lo permiten.En cambio un delincuente que es amigo del alcalde puede hacer lo que quiera, tomarse terrenos y saltarse todas las normas. En lugar de evolucionar vamos para atrás.
Pero bueno, así somos con nuestras grandezas y miserias. Toda moneda tiene dos caras y por cada cosa buena que tenemos existe el defecto que la equilibra, hay que aceptar el paquete completo, o negarlo, irnos para otra parte y partir desde cero. Como yo no pienso moverme me conformo con reclamar indignado contra estas miserias de ser chileno. Total, después me tomo un copete, se me olvida todo lo malo y me empiezo a acordar de lo bueno: ¡ceache-i-chi! y toda esa basura chovinista, que tanto. Hasta mañana.
P.D. A ver si identifican este, cualquier ariqueño neto lo reconocerá enseguida:
