Tomas Bradanovic

17 mayo, 2010

Los beagle boys

Archivado en: castigo, delitos, juicio — tombrad @ 10:33 pm

Ya se viene, estuvimos hace un rato reunidos para preparar el Encuentro de Ex ALumnos de la Escuela de Ingeniería Eléctrica y Electrónica, que venimos haciendo cada año desde el 2006 (si la neurona no me falla). A prepararse muchachos porque en octubre nos juntamos de nuevo, ya viene, ya viene. Ahora integramos a los centros de alumnos de las distintas carreras así es que tendremos mucha más participación de las nuevas generaciones. Ya viene, ya viene.

Lyndon Johnson Aleluya es un viejo conocido mío. Cuando trabajaba haciendo los proyectos de inversión para los tribunales, entre 1990 y 2000 me pasaba buena parte del día leyendo expedientes y sentencias, leí muchísimos juicios que eran más emocionantes que una novela: desde los asesinatos más cobardes a las diligencias chuscas ordenadas por un juez bromista que hoy es un serio Ministro de Corte de Apelaciones.

Debo haber leído cientos de expedientes y la cantidad de juicios y condenas donde aparecía Lyndon Johnson Aleluya, junto con lo pintoresco de su nombre, lo convirtieron en una especie de amigo virtual, cada vez que veía un legajo con su nombre me ponía a leerlo para enterarme de su última pilatunada. Era lo que en la jerga policial llaman un delincuente habitual, alguien que vive entrando y saliendo de la cárcel, los actuarios y jueces lo conocían y llegaba al tribunal y a la cárcel como a su casa.
Diez años después, hace poquitos días lo vi en el diario con su última condena, esta vez tiene para un buen rato porque lo condenaron a 18 años sin posibilidad de beneficios. Resulta que estaba trabajando de taxista y recogió a una señora de 60 años, desvió su camino, la amenazó con un destornillador, la violó y le robó el celular y dinero. Cuando lo pillaron alegó que la señora era su amante pero no le sirvió mucho la excusa. En el diario su esposa salió defendiéndolo “En estos momentos puedo entender las razones de la familia de ella (la víctima), pero yo también tengo mis razones y conozco a mi esposo. Sé de lo que puede y no puede ser capaz, entonces por eso estoy luchando por él”, dijo.
Don Lyndon, de profesión depredador trabajaba como taxista, con lo que a ojos de la ley -y de su mujer- podía considerarse rehabilitado, pero igual le salió el escorpión. ¿Que hacer con esa gente que hace de la depredación su modo de vida?. En los años que yo trabajaba en tribunales existía el sistema penal antiguo y las críticas eran feroces contra jueces y actuarios, luego llegó la reforma procesal penal y durante el primer año una enorme ofensiva publicitaria amortiguó las críticas, luego empezaron a aparecer de nuevo culpando a la impunidad y la puerta giratoria.
Para ser justos la puerta giratoria ha existido siempre y Lyndon Johnson Aleluya es un buen ejemplo de eso. Algo que me llamaba mucho la atención era como se repetían los mismos nombres una y otra vez a lo largo de los años. A veces acompañaba al juez bromista a la visita semanal de cárcel (no se si todavía existirá esa práctica) y por lo menos el 80 por ciento de los procesados eran viejos conocidos.
El delito -como se describe muy bien en el libro Hijo de Ladrón- es una profesión como cualquier otra. Además los delincuentes no son multitarea, tienen sus propias especialidades. Hay conocidas familias del Valle de Azapa con mucha plata donde todos son delincuentes habituales y desde hace 20 años casi todos los meses aparece alguno de la familia en el estado mensual de causas. No cualquier pelagato es narcotraficante, pero los especialistas viven de eso sin importar cuantas veces los metan a la cárcel, que es como su segunda casa.
La reforma procesal penal se creó en base al diagnóstico que el sistema judicial no daba suficientes garantías a los procesados (hoy les llaman imputados) y creo que eso explica que la cantidad de presos ha crecido enormemente al mismo tiempo que los delitos aumentan. Tal como en su época la profesión de ingeniero informático estuvo de moda y entró una multitud de computines al mercado alentados por la expectativa de mejores ingresos, hoy el delito se ha convertido en una profesión de moda.
El delincuente tiene hoy -objetivamente- muchas más garantías que en el sistema antiguo. De partida le ofrecen un defensor gratis que tiene la posibilidad de lograr un acuerdo a la buena con el fiscal, gracias a las “leyes Cumplido” se rebajaron muchas penas y algunos delitos pasaron a ser simples faltas, las cárceles hoy son un hotel de lujo comparados con las antiguas, insalubres y permanetemente hacinadas. Con todas esas medidas, que están costando miles de millones de dólares de nuestros impuestos, deberían haberse solucionado los problemas del sistema antiguo, eso era lo que prometían los teóricos de la reforma: menos delitos penados con prisión aliviaría el hacinamiento en las cárceles.
¿Que pasó en realidad? Que el delito se convirtió en una profesión de moda, un boom con costos astronómicos imposibles de controlar, la reforma cuesta cada día más y los delincuentes son cada día más, si cada vez que inauguran una nueva cárcel antes de un año está copada y junto a eso se bajaron las penas y se agilizaron los juicios la explicación es simple y aritmética: la profesión de delincuente está en boom, tal como los informáticos en los ochentas.
La reforma procesal penal me recuerda mucho al transantiago: diagnóstico equivocado, resultados desastrosos -exactamente contrarios a lo que se pretendía lograr- y al final nadie tiene la culpa “así es la vida”. Estaba tentado de culpar a la concertación pero no es cierto, estas desstrosas reformas (para que hablar de la educación) fueron co diseñadas, aplaudidas y tuvieron unanimidad de izquierda y derecha, la fundación Paz Cuidadana es una de las mayores responsables del multibillonario fiasco.

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