Las personas tienen mucha fe en la inercia: si algo anda mal, suponen que seguirá cada vez peor, si una empresa crece, o si las acciones suben apuestan todo a que seguirán subiendo indefinidamente.
De ahí la creencia, por ejemplo, que si se deja a la gente en libertad los ricos serán cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, las empresas dominantes crecerán sin control, etc. Eso contradice la experiencia común porque los actuales millonarios no son los descendientes de Craso o de los Medicis, las grandes empresas crecen y decaen, las acciones suben y bajan.
La experiencia común es que las cosas tienen un ciclo, pero la mayoría de las proyecciones no lo toman en cuenta. Por eso en los sesentas el inteligente J.J Servan Schreiber creía que para el año 2000 un consorcio entre General Motors e IBM iban a dominar al mundo, o en los 80s Alvin Toffler escribía que la Tercera Ola japonesa sería imparable. Con parecidas razones -y tal vez menos fundamento- ahora hablan del futuro de China o de India, sin tener en cuenta que mientras más acelerado es el crecimiento más corto debería ser el ciclo de vida.
Los ciclos parecen estar en la naturaleza de muchas cosas, la vida por ejemplo: nacer, crecer, decaer y morirse, los ciclos económicos o los ciclos de vida de un proceso. Las modas son fenómenos cíclicos típicos: minifalda-falda larga y vuelta a la minifalda: pelo largo, pelo corto; puritanos y liberales. Lo difícil es darse cuenta del punto de quiebre, nuestra fe en la inercia nos hace difícil reconocer las señales de cambio, para saber cuando hay que soltarle la cola al tigre. Yo practico el ciclismo, me gusta pensar que todo es cíclico y trato de encontrar las pequeñas señales que a veces avisan que un ciclo está cambiando, especialmente en cuestiones de plata y trabajo.
También están los ciclos del ánimo, porque ayer tuve el primer día especialmente malo en Tacna, a pesar que estuvo bien comido y regado. Después del trabajo me fui con amigos a tomar unas cervezas al Bocatto, luego a un restaurante llamado “un limón” típico lugar turístico para chilenos, pedí un lomo saltado que no me gustó, aunque los pisco sour no estaban mal. De allí nos fuimos a una disco -mala- y finalmente a un bar con música en vivo donde estuve soportando varias horas de rock argentino y música de los Prisioneros. Entonces llegó el momento en que lo comprendí: todo estaba saliendo mal. Todavía estoy con los monos: nunca más nada con el maldito rock argentino, me apesta. Y para colmo hoy amaneció nublado ¡no hay salud!