Varios años atrás me ofrecieron la posibilidad de un trabajo de computación en otra ciudad, la cosa es que vinieron tres tipos y una peruana muy bonita que era gerente del área y nos reunimos en Tacna a almorzar y conversar sobre el asunto. Yo no me puse corbata pero andaba lo suficientemente bien vestido como para sentirme incómodo, llega la carta y yo leo “corvina a lo macho” ¡este es mi plato! dije entusiasmado y pedí una.
Debí imaginarme que lo de “macho” era por el picante; tenía una capa de casi 2 centímetros de ají rocoto que era como comer brasas. Al principio dije “si me gusta el picante” -mentira, apenas lo soporto- y con cada bocado me empezaban a saltar las lágrimas y la transpiración me corría a chorros. La peruanita, muerta de la risa me miraba y decía “picante ¿eh?” y yo secándome las lágrimas le contestaba a cada rato “nooo, si está rico”. Lo peor es que la receta original no es tan picante, me tocó justo una innovación del chef. Obviamente jamás llegué a trabajar en nada, por lo menos salvé mi alma inmortal del pecado nefando y no llegué a convertirme en trabajador.
Varias veces me ha pasado que me ensarto con la comida pidiendo cosas que no conozco o confundido con los nombres. La excepción fué en Mendoza, donde una vez pedí un churrasco, y en lugar del sandwich que esperaba me trajeron un bistec que ocupaba todo el plato y de una pulgada de grueso, en mi vida había probado carne tan tierna y sabrosa, esa vez me equivoqué para mejor.
A París fuimos con mi primo Camilo en un viaje relámpago y a escondidas, en su pequeña motorhome Westfalia, me parece que esa vez compramos unas baguettes para almorzar y fuimos a comprar “paté” a un pequeño almacen ¿pero que paté? decía el franchute muy enojado, tenía como treinta clases distintas, era como si fueramos a comprar “comida”. Es muy raro, en Francia no conocí a una sola persona simpática, en cambio acá he conocido a un montón de franceses muy agradables. Cuando se los he comentado me dicen que es “el mal aire de París” que los pone de mal humor, pensar que uno se imagina que vivir allá es un paraíso. Algo parecido me pasó en Londres cuando pedi “a beer”, claro que el inglés mucho más educado solo parpadeó y puso cara de perplejo.
En Chiloé me tuve que acostumbrar a una de las comidas más asquerosas que jamás he probado: la sopa de navajuelas con luche. Las navajuelas tienen la consistencia y el sabor de un pedazo de caucho, pero lo peor es su aspecto: son idénticas a un feto con sus brazos, piernas, ojitos ¡es como comerse una guagua! me acuerdo y me da asco.
Yo le tengo asco a muy pocas cosas y he tenido que acostumbrarme a situaciones que harían vomitar a la mayoría de las personas: he comido legumbres con gusanos y otras cosas que mejor no menciono. Pero hay una cosa que realmente no soporto ver: el pan mojado. Es muy curioso porque yo puedo “sopear” a veces con el pan, pero no soporto ver que otra persona lo haga. De solo recordar a un tipo que deshacía migas de pan dentro de su taza de café con leche me pone enfermo.
La comida más copiosa de mi vida fué en Hong Kong, donde nuestro amigo Brittany Choi estaba muy apenado proque no pudo ir a recibirme al aeropuerto y me dejó botado un par de días en la ciudad sin un solo cuarto de hotel disponible. Para disculparse me llevó a almorzar al Food City de Kowloon, que es un distrito con cientos de restaurants.
Fuimos con toda la familia, unas 15 personas más o menos, empezamos a almorzar como a las 11:30 y a las 7 de la tarde todavía seguíamos comiendo. A los 9 platos perdí la cuenta y a cada rato pasaban con unos carritos con té y postres; después de cada plato un té o un postre. Comí tanto que los chinitos miraban y aplaudían ¡oshhh, tooo, tooo! decía asombrados .o al menos eso les entendía- En medio de la comida el Choi hace sonar la copa con una cuchara y se larga con un tremendo discurso en chino, todo el restaurant muerto de la risa, después escribió unos garabatos en una servilleta y me la entregó solemnemente con un abrazo.
Todo el mundo aplaudiendo y nunca me quisieron decir que decía en la servilleta (estaba en chino). La cosa es que la guardé por varios años hasta que en una noche de farra me acordé de mi amigo Kopin Yon Lau, que tenía una botillería en Santa María, le llevé el papel y le pedí que me lo tradujera. También se murió de la risa pero no me supo explicar bien, parece que me habían nombrado el paikwat wong, que er el rey de las bolas de chancho fritas o algo por el estilo. Nunca me lo pudieron traducir bien.
La comida japonesa, horrible, hay que estar enfermo de la cabeza para que a alguien realmente le guste el sushi y todas esas cosas increíblemente desabridas y crudas. A excepción del teriyaki, nada de lo que probé allá me gustó, ni siquiera el desabrido sake.
Mi plato favorito desde siempre han sido las pastas con salsa boloñesa, comería eso todos los días y mejor todavía con queso. Mi fruta preferida el plátano, mi querida suegra hace todos los días del año el mismo postre: un pote con plátano, yogurt y gelatina, creo que nunca me voy a cansar de comerlo. Como ven soy buen pobre.
Y todo esto de las comidas se me ocurrió a propósito de una tremenda acidez que me atacó hoy, es como si tuviera una garra apretándome el estómago por dentro. Puros nervios: si no es acidez es alergia.

Para variar me puse a escribir un encargo, se me pasó la hora y me pilla un nuevo día sin haber escrito mi tontería diaria. Y mañana tendré la desagradable necesidad de levantarme temprano así es que tengo que poner algo rapidito nomás ¿de que escribo entonces?, ya sé, en la entrada anterior escribí de hambre así es que ahora