
Ya que estamos en el mes de la patria -que lindo es Chile- aprovecharé de darles la lata sobre un asunto que a los nativos nos encanta: mirarnos el ombligo. La identidad chilena es una cosa que aparece siempre por estas fechas cuando alguien no tiene que decir y necesita rellenar un espacio, en este Templo del Ocio no seremos la excepción, aquí vamos.
Primero que todo es muy dudoso que exista esa identidad, eso de crear un chileno medio a partir de ciertas características anecdóticas que hemos ido recordando en el tiempo generalmente lleva a esterotipos como que somos los ingleses de América del Sur y tonteras por el estilo, Camilo Escalona no tiene nada de inglés y sin embargo es perfectamente chileno, tal como Jaime Guzmán o tantos otros, cual de todos más diferente. Pero si hay tendencias, costumbres que yo asimilaría más o menos a las modas, algunas duran muchos años y a eso podríamos llamar identidad.
Mucho de nuestra identidad -o costumbres- no son propiamente chilenas sino que las compartimos con el resto de América Latina, cuando pensamos en algo típico chileno se nos viene a la mente Condorito y sus condoricosas, sus chistes fomes y eternamente repetidos, sin embargo el mencionado pajarraco es considerado peruano en Perú, argentino en Argentina y así sucesivamente. Mal que nos pese y por más que reneguemos de eso somos latinoamericanos desde la médula.
Por ejemplo nuestra costumbre de hablar al revés, el doble sentido, insultar a los que más queremos solo por divertirnos, hacer pequeñas cuchufletas y scam cuando podemos, considerar simpático al borrachito, al mujeriego y al sinverguenza, son todas cosas que compartimos en mayor o menor grado con el resto de América Latina. Lo mismo con el amor por la informalidad, la improvisación, la desconfianza de todo y la facilidad con que somos engañados. Tal vez algo característico de nuestra identidad es que nos sentimos diferentes a los demás latinoamericanos siendo tan profundamente parecidos. A veces en Europa o en Oriente, cuando un chileno se tropieza con un boliviano recién se da cuenta que somos astillas del mismo palo en muchísimas mas cosas de lo que pensábamos, en virtudes y defectos.
Que otra costumbre bien chilena, a ver, somos copiones, nos encanta repetir lo que hacen los demás lo que nos hace organizados pero muy poco originales, nos gusta respetar las formas, más que en cualquier otro país del área, es muy chistoso escuhar a dos chilenos discutiendo acerca de “lo mal que manejan los demás”. No se trata de que les preocupe manejar bien, solo tratan de mostrar que obedecen mejor las reglas.
No nos gusta el ruido, por lo general la bulla y la música fuerte nos revienta el alma, tocar la bocina del auto se considera un insulto personal, solo un cavernario puede hacer eso. Claro que eso es a nivel local, porque comparados con otros países del norte somos extremadamente ruidosos. Clasistas hasta la médula, clasistas y aspiracionales, sin embargo el verdadero racismo casi no existe en Chile, a diferencia de el Perú un indio con plata vale mucho más que un europeo pobre, acá el desprecio no es por raza sino por pobreza.
Habiendo vivido en Santiago, Chiloé y Arica podría decir que -aunque somos bastante homogeneos comparados con nuestros vecinos- también existen identidades regionales bien marcadas, hay que cambiar el switch cuando estamos entre chilotes, santiaguinos o ariqueños pero no demasiado, afortunadamente. Ni siquiera tenemos acentos regionales, todos hablamos igualmente mal.
Ah la identidad, ¿existirá tal cosa? lo dudo, debajo de una ligera capa de prejuicios locales todos somos asombrosamente parecidos: sáquenle la religión a un pakistaní y queda igualito a un peruano, los chinos y latinoamericanos son tan parecidos que si no fuera por la cara y el maldito idioma se diría que somos la misma cosa.
Pero que diablos, amamos a nuestra patria chica y nos gusta sentirnos diferentes, especiales y mejores, es una necesidad psicológica aunque sepamos que toda moneda tiene dos caras y cada cosa que consideramos mejor tiene su reverso. Así somos ¿como somos? bah, quien diablos lo sabe. Ya se acerca el 18 de septiembre, oportunidad única para comer empanadas (que en Italia se llaman calzzone), brindar con chicha (que tomaban los mayas, los incas y hasta los egipcios) y bailar una cueca sospechosamente parecida a la marinera peruana. Acá en el norte bailaremos una diablada, esa danza nacional inventada en las salitreras en los años 20, y brindaremos con pisco, ese típico licor del puerto chileno del mismo nombre, cerca de La Serena. Bah, pensándolo mejor me tomo un buen MacCelland Single Malt con una típica Coca Cola ¡viva la identidad nacional!

