Uh, uh, recién fuí al banco a cobrar un pequeño pago y al final me pagaron tres veces lo que esperaba, había dos cheques más que se me habían olvidado. Ahora tengo plata para hacer algunos arreglos del auto y tal vez hasta me atreva a ir al dentista en Tacna. Ya tengo la plata, ahora debo juntar valor porque me da mucho miedo, desde que se jubiló mi dentista favorito tengo terror de ir a cualquier otro. En fin ¡ánimo y valor muchachos, el Hospital de la Solidaridad me espera!.
Las profesiones de dentista o médico son escalofriantes, creo que se merecen cada peso que reciben porque casi siempre son trabajos sucios con sangre, pus, muertos, infecciones, por eso evito ir al médico o al dentista todo lo que pueda, la sangre llama a la sangre. Cuando fui, un par de veces, a acompañar a mi querida suegra al hospital salía medio enfermo, toda la gente preocupada o con cara de sufrimiento, tipos con unos tubos increíbles saliendo por la garganta, los más viejos resignados a lo que pase ¿como aguantará la gente que trabaja en la posta todo ese mal karma?, no debieran haber médicos, solo anestesistas y mejor nos deberíamos morir a la primera. Que diablos, hoy si que ando lúgubre.
Anoche nos juntamos en la casa de Greg y Judy a tomar unas cervezas con mi nuevo amigo Tim, un doctor que está por jubilarse y trabaja en el hospital de un minúsculo pueblito cerca de Kansas, pasará un mes en Arica tomando clases de español, arrancando del ardiente verano del Midwest. Tim vino a ver si era verdad tanta maravilla como las que cuento en Arica in a Nutshell, parece que lo ha pasado bastante bien. Al menos de sed no hemos sufrido. Lo entretenido es que casi todos los que vienen son parecidos a mi: un poco hippies, frugales, despreocupados y cultivadores de la flojera. Arica atrae a ese tipo de personas.
Se ha hecho costumbre, casi todos los días pasa por la oficina un profesor, que se viene recuperando de una complicada enfermedad, y me invita a tomar una taza de té en el casino de la Escuela de Negocios, así perdemos buena parte de la mañana intercambiando toda clase de chismes y asuntos domésticos. Hoy estábamos en eso y recordando los tiempos de auge de la industria electrónica de Arica le comenté que yo había hecho mi práctica de Técnico Electrónico en la industria IRT-Ilesco, ¡pero si yo también trabajé allá ese año era el gerente de la empresa! me dice, yo soy muy malo para las caras pero eso me detonó el recuerdo de don Mario Figueroa cuando era el big boss y yo un ratón de cola pelada que recién entraba a hacer la práctica en el año 1975.
Le conté entonces que gracias a esa empresa yo había seguido estudiando ingeniería. En esos años un técnico electrónico ganaba tanta plata como hoy un jefe de turno de las grandes mineras, era un trabajo excelente y yo pensaba que allí estaba mi futuro esplendor. Pero resulta que desde el primer día tuve un shock violento, los 2.000 operarios y técnicos comíamos en un gran comedor y había otro más pequeño para los jefes e ingenieros, eso me hirvió la sangre, pensé que no era justo, que había un gran error y yo no podía estar comiendo con el perraje, así es que de puro snob rechazé quedarme contratado y me metí -sin un peso en el bolsillo- a estudiar ingeniería. Yo tenía que comer en el comedor de los jefes.
Pasaron los años y ahora trabajo con la mayoría de los fat cats que en esos años habitaban el Olimpo: el profesor Pablo Jimenez era gerente de administración y finanzas, mi amigo Julio Gaete también gerente de finanzas o personal, Nelson Navarro -el gran NN cooper- era el subgerente de costos. Y ahora estaba tomando té con don Mario Figueroa de quien ya ni me acordaba. El mundo es chico y Arica es un pañuelo. Hoy no tengo ni un peso, igual que en aquellos años, pero ahora entro al comedor de los jefes. Mi esnobismo está a salvo, algo es algo. Hasta mañana.