“Se lo cuido jefe” me dijo un flaite en el mes de frebrero de este año cuando estacionaba el CRX casi al frente del edificio donde está la CORFO. Lo recuerdo perfectamente, porque justo dos meses antes, en diciembre, me había quedado en la vída (sin ingresos).
La última plata que me quedaba la gasté el año nuevo en una gran fiesta con licores, pavos, puros y todo eso, me quedó todavía un poco que me alcanzó justo para celebrar mi cumpleaños en enero, también con puros y buen trago como corresponde.
Llegó febrero, y todavía había algo, llené el estanque de gasolina, renové el permiso de circulación del CRX y me quedé exactamente con una moneda de 100 pesos (US$ 0.20) en el bolsillo. Así estaba cuando apareció el maldito cuidador de autos y pensé -ahora que somos colegas en la miseria, le voy a dar los 100 pesos de propina- así es que le dije “bueno, cuidalo”.
Craso error, porque yo nunca, jamás, doy propina. Creo que es una falta de respeto dar algo a cambio de nada, o de algo inútil o algo que no necesito, una gran falta de respeto contra Mammon, dios del lucro y del dinero, uno de los dioses que más respeto junto con Baco. Por eso jamás le doy una chaucha a los niños empaquetadores del supermercado ¿que me cuesta meter yo mismo las cosas a la bolsa? ni a los cuida autos y dejo propina solo si la atención ha sido excepcionalmente buena.
Me intimidé un poco la primera vez que estuve en USA y pregunté cuanto era el taxi “diez dólares más tip” me dijo el chofer sin arrugarse. Al principio, con la del chileno pagué callado y pateaba la perra solo, lo mismo con el tipo que me llevaba las maletas al cuarto del hotel y muchas otras cosas que son parte del trabajo y se supone que uno tiene la obligación de propinear. Con el tiempo me desprendí de ese estúpido complejo y cuando el botones me esperaba le decía “lo siento, no tengo plata para propina”, cara de palo, eso si que tomaba la precaución de no comer nunca en el hotel porque seguro que me escupían el plato. Una mala cara me ahorraba un dólar y sacando la cuenta me ahorré muchos dólares y no todos me pusieron mala cara.
Bueno, volviendo a la historia inicial, el dios Mammon efectivamente me castigó porque pasé más de seis meses sin ver un solo peso. Si alguien me hubiera tomado de los pies y sacudido cabeza abajo, de mis bolsillos habrían caído, pelusas, migas de pan y tal vez un clip. pero ni un solo peso. La moraleja es que jamás hay que dar ni un peso a un machetero, ni pagar por servicios que no necesitamos, ni dar propinas por un servicio normal, menos a quien no se lo merece. Con la mala suerte no se juega.