Tomas Bradanovic

3 junio, 2007

La Maipú Oriente

Archivado en: arica, corderos, el corcho, maipu oriente — tombrad @ 2:21 am
Justo cuando pensaba que se me estaban agotando los temas me escribe el Chito Herrera, sacándome sentimientos cochinos porque no los mencioné en las malas juntas.

“Hola Thomas …. he estado leyendo las malas juntas y las buenas juntas y nunca nombras al Corcho…. Al Flaco Rene… a la Dixia…
Acuérdate de muchas cosas de los pobres que salimos adelante….. de cómo te estimábamos…. Para salir adelante….”

Yo no soy un tipo agradecido porque creo que los favores siempre son gratis, tampoco espero que me agradezcan nada. Pero pensando y pensando me puse a recordar todos los favores que me hicieron ellos -entre otros- en mis años de hambre y miseria.

Al Corcho (de camisa blanca en la foto), que fue mi mejor y más fiel amigo durante muchos años, le debo, entre otras cosas mi primer trabajo, él me presentó a Gabriel Abusleme y con él nos fuimos a Iquique a buscar el primer computador para vender. Ese fue uno de los puntos de quiebre en mi perra vida.

En esos años yo era un artista del hambre, no era una metafóra sino que de verdad no comía casi nada, porque no tenía ingresos, excepto cuando hacía alguna clase particular de matemáticas, una vez al mes a lo sumo, y con eso pasaba el mes completo.

Compraba todos los días dos panes y dos tomates en el almacén “El Molino” que estába al lado de mi casa: un pan para el almuerzo y el otro era onces-comida. Otros meses los dedicaba al panqueque: compraba un kilo de harina y hacía panqueques, en una cocina a parafina y usando agua en lugar de aceite, quedaban perfectos, de un solo huevo sacaba muchísimos panqueques. Cuando ´daba algún manotazo, mi plato de fiesta era una marraqueta con dos huevos fritos y salsa de tomate ¡que poco se necesita para sentirse rico!.

Entonces el Corcho, que ya había egresado de Ingeniero Eléctrico, me empezó a llevar a almorzar a su casa, otras veces me invitaba a comer un sandwich o unas cervezas, fueron también mis años de fuente de soda. Era la época de la guerra de las Malvinas y los británicos tenían un buque llamado Camberra que les llevaba las provisiones; el Corcho era el Camberra en esos años, siempre bienvenido.

Mi compadre el Corcho era superlativo: el mejor, el más fiel, el más generoso y el más inteligente de mis amigos. Pero también era el más insoportable, el más feo y el más bueno para el trago. Era el más en todo, recuerdo que mi mamá lo quería mucho. También me acuerdo de un año nuevo que me recibieron en su casa cuando no tenía ni un perro que me ladre. En fin, lo único malo es que ¡los mejores recuerdos no se pueden contar!, ¡cuantas aventuras! jaja.

El cabezón Corcho tenía un don para las matemáticas y la física, más que inteligente era una especie de iluminado y para los que lo conocíamos era poseedor de un don sobrenatural, también sufría exactamente el mismo problema de ego que el matemático Perelman, y vivía peleando con todo el mundo por eso.

Creo que yo fuí el último que lo vió un ratito antes de que se muriera. Había estado agonizando un año completo y yo le hacía bromas, se reía y se ponía a toser, creo que de ahí sacaron lo del enfermo del Jappening. Al final me dijo “Tomás tu hai sido un buen amigo, así es que cuando me muera no te voy a venir a penar” y hasta ahora ha cumplido su palabra, aunque a veces sueño que nos juntamos de nuevo en alguna farra y despierto con sed.

Es muy raro, pero yo nunca he extrañado ni sentido pena por los muertos, para mi es como si anduvieran en Santiago o algo así, debe ser que tengo la intuición de que, en algún momento, tal vez nos volveremos a ver y seguiremos conversando, pasando un buen rato y tomando como siempre. Como dijo Neruda ¿No será nuestra vida un túnel entre dos vagas claridades?.

En fin, mi recuerdo emocionado para la Familia Herrera Lanchipa, los corderos: el Chito (Jaime), el Loro (Lito) y el famoso Cordero, el Rey del Cuento Chino, que consiguió la hazaña de embaucarme dos veces seguidas. Mi recuerdo también para todos los de la población Maipú Oriente, donde me sonaron tanto las tripas; la familia que me acogió por años en Pedro Aguirre Cerda, el dueño del almacén El Molino, de apellido Ortiz de Fillipi, que a veces me ponía un pan de yapa, todavía lo veo a veces.

Y qué decir del Flaco René Oyarce, mi compañero electrónico con quien trabajé en Iquique por varios años. René es muy alto y a estas alturas tiene un físico como el de Alan García, mientras su señora -la Dixia- es baja y menudita, pero mueve una ceja y a mi compadre le empiezan a tiritar las canillas, mi saludo también para los dos. Tiempos aquellos en que lo único que teníamos era juventud y felicidad. Casi nada.

La Maipú Oriente

Archivado en: arica, corderos, el corcho, maipu oriente — tombrad @ 2:21 am
Justo cuando pensaba que se me estaban agotando los temas me escribe el Chito Herrera, sacándome sentimientos cochinos porque no los mencioné en las malas juntas.

“Hola Thomas …. he estado leyendo las malas juntas y las buenas juntas y nunca nombras al Corcho…. Al Flaco Rene… a la Dixia…
Acuérdate de muchas cosas de los pobres que salimos adelante….. de cómo te estimábamos…. Para salir adelante….”

Yo no soy un tipo agradecido porque creo que los favores siempre son gratis, tampoco espero que me agradezcan nada. Pero pensando y pensando me puse a recordar todos los favores que me hicieron ellos -entre otros- en mis años de hambre y miseria.

Al Corcho (de camisa blanca en la foto), que fue mi mejor y más fiel amigo durante muchos años, le debo, entre otras cosas mi primer trabajo, él me presentó a Gabriel Abusleme y con él nos fuimos a Iquique a buscar el primer computador para vender. Ese fue uno de los puntos de quiebre en mi perra vida.

En esos años yo era un artista del hambre, no era una metafóra sino que de verdad no comía casi nada, porque no tenía ingresos, excepto cuando hacía alguna clase particular de matemáticas, una vez al mes a lo sumo, y con eso pasaba el mes completo.

Compraba todos los días dos panes y dos tomates en el almacén “El Molino” que estába al lado de mi casa: un pan para el almuerzo y el otro era onces-comida. Otros meses los dedicaba al panqueque: compraba un kilo de harina y hacía panqueques, en una cocina a parafina y usando agua en lugar de aceite, quedaban perfectos, de un solo huevo sacaba muchísimos panqueques. Cuando ´daba algún manotazo, mi plato de fiesta era una marraqueta con dos huevos fritos y salsa de tomate ¡que poco se necesita para sentirse rico!.

Entonces el Corcho, que ya había egresado de Ingeniero Eléctrico, me empezó a llevar a almorzar a su casa, otras veces me invitaba a comer un sandwich o unas cervezas, fueron también mis años de fuente de soda. Era la época de la guerra de las Malvinas y los británicos tenían un buque llamado Camberra que les llevaba las provisiones; el Corcho era el Camberra en esos años, siempre bienvenido.

Mi compadre el Corcho era superlativo: el mejor, el más fiel, el más generoso y el más inteligente de mis amigos. Pero también era el más insoportable, el más feo y el más bueno para el trago. Era el más en todo, recuerdo que mi mamá lo quería mucho. También me acuerdo de un año nuevo que me recibieron en su casa cuando no tenía ni un perro que me ladre. En fin, lo único malo es que ¡los mejores recuerdos no se pueden contar!, ¡cuantas aventuras! jaja.

El cabezón Corcho tenía un don para las matemáticas y la física, más que inteligente era una especie de iluminado y para los que lo conocíamos era poseedor de un don sobrenatural, también sufría exactamente el mismo problema de ego que el matemático Perelman, y vivía peleando con todo el mundo por eso.

Creo que yo fuí el último que lo vió un ratito antes de que se muriera. Había estado agonizando un año completo y yo le hacía bromas, se reía y se ponía a toser, creo que de ahí sacaron lo del enfermo del Jappening. Al final me dijo “Tomás tu hai sido un buen amigo, así es que cuando me muera no te voy a venir a penar” y hasta ahora ha cumplido su palabra, aunque a veces sueño que nos juntamos de nuevo en alguna farra y despierto con sed.

Es muy raro, pero yo nunca he extrañado ni sentido pena por los muertos, para mi es como si anduvieran en Santiago o algo así, debe ser que tengo la intuición de que, en algún momento, tal vez nos volveremos a ver y seguiremos conversando, pasando un buen rato y tomando como siempre. Como dijo Neruda ¿No será nuestra vida un túnel entre dos vagas claridades?.

En fin, mi recuerdo emocionado para la Familia Herrera Lanchipa, los corderos: el Chito (Jaime), el Loro (Lito) y el famoso Cordero, el Rey del Cuento Chino, que consiguió la hazaña de embaucarme dos veces seguidas. Mi recuerdo también para todos los de la población Maipú Oriente, donde me sonaron tanto las tripas; la familia que me acogió por años en Pedro Aguirre Cerda, el dueño del almacén El Molino, de apellido Ortiz de Fillipi, que a veces me ponía un pan de yapa, todavía lo veo a veces.

Y qué decir del Flaco René Oyarce, mi compañero electrónico con quien trabajé en Iquique por varios años. René es muy alto y a estas alturas tiene un físico como el de Alan García, mientras su señora -la Dixia- es baja y menudita, pero mueve una ceja y a mi compadre le empiezan a tiritar las canillas, mi saludo también para los dos. Tiempos aquellos en que lo único que teníamos era juventud y felicidad. Casi nada.

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