Tomas Bradanovic

17 mayo, 2008

Saluti amici

Archivado en: mi amigo — tombrad @ 11:09 pm


En fin, la vida sigue a pesar de todo. El jueves de madrugada Brisa, la hija de Marcelo me contó que estaba deshauciado y tal vez le quedaban horas de vida, me arranqué rapidito porque esas situaciones prefiero pasarlas solo. Fuí al Tiger Market que está enfrente del local y me compré un café con un hotdog, que me tomé en la mesa de afuera, donde tantas noches nos habíamos sentado a conversar y proyectar el futuro.

Entonces me puse a pensar en lo que fue nuestra amistad mientras duró, Marcelo era un año mayor que yo aunque se veía algo más viejo. Sin embargo tenía el entusiasmo y el carácter de un niño, en el buen sentido de la palabra, yo le envidiaba la capacidad para entusiasmarse y llevar adelante lo que se proponía. Llevado de sus ideas y con un genio de los mil diablos, era igual de rápido para olvidarse de las ofensas.

Bueno, hoy abrimos el local y les dije unas palabras a las chicas y el personal: nada de caras largas; el show debe continuar y los llantos para la casa. Recuerdo que meses atrás Marcelo me había comentado sobre un funeral hindú al que había asistido hace poco y toda la gente iba relajada y bromeando, idea que le gustó mucho. Lo mismo ahora, es mejor ser alegre que ser triste. También le gustó mucho la idea de cremarse y -típico en el- empezó a averiguar el negocio para poner un crematorio en Arica. Estuvimos viendo terrenos en Lluta, averiguando estadísticas de muertes y cosas así.

Era un homo-economicus nato: gerente de importadoras en ZOFRI por varios años, agricultor, productor de limones, empresario de proyectos de riego, empresario del guano rojo, abrío el mercado de Argentina en Buenos Aires durante la época dorada de las importaciones, tuvo fábrica de helados, importador de telas, de ropa usada, de motores y repuestos. Su última aventura era el Rapa Nui, rubro al que llegó casi por casualidad. Así también intentamos muchos negocios: la bentonita, el cuarzo y el último que más entusiasmados nos tenía motivó mi aventura por el Amazonas Peruano. Solo digan un negocio y seguro que Marcelo lo había intentado. Sin embargo no le interesaba la plata, no recuerdo haberlo visto una sola vez obsesionado por la plata o las ganancias, hacía negocios por divertirse, por la apuesta y la aventura.

En fin, ese fue mi amigo como yo lo recuerdo, un ariqueño neto de la universidad de la ZOFRI, esa increible escuela por donde pasamos tantos nortinos. Chao tristezas, seguro que mi compadre volvió a nacer tal como esperaba en su pensamiento Krishna. Los amigos son la verdadera riqueza, la que más vale y nos dura para siempre. ¡Por los buenos momentos que pasamos, saluti amici!

8 abril, 2008

En viaje

Archivado en: mi amigo, niñez — tombrad @ 7:31 pm

A más de algún veterano que estudió en Chile durante los años sesentas este libro le va a traer recuerdos. Mi Amigo era el libro de lectura obligado de esos tiempos que ahora recordamos con nostalgia y seguramente no fueron ni la sombra de como hoy los recordamos.

Los recuerdos de la niñez son siempre amplificados, para bien o para mal. Algunos piensan que fueron años desastrosos, llenos de terribles sufrimientos. Otros los vemos como la época feliz cuando no teníamos ninguna preocupación aparte de jugar y pasarlo bien. Las dos visiones son falsas, nadie es feliz o infeliz todo el tiempo, seguramente nosotros recordamos solo lo bueno o solo lo malo exagerándo con el paso de los años.

Lo mismo pasa con el tamaño de las cosas: cuando volví a Quellón a ver lo que había sido nuestra casa, en mi memoria era un enorme laberinto con un patio tan grande que sembrábamos papas, nos dejaban guardando corderos y todo eso, en mis recuerdos era una especie de castillo campestre. Al verla 15 años después me pareció una casucha fea y ruinosa, tanto que me costó identificarla, lo mismo me pasó con el edificio del Liceo de Ancud, enorme en mi memoria y muchas otras cosas por el estilo.

El libro de lectura Mi Amigo, que aparece en la foto, cayó recién en mis manos por pura casualidad, es de 1966 y corresponde a sexta preparatoria, justo en ese año yo cursaba sexta en el Liceo Valentín Letelier y por lo que yo recuerdo, ese no fué un año muy bueno. Nos habían juntado con los alumnos mayores, idea que nunca convenció al Rector Galecio porque decía que nos iban a enseñar malas costumbres, así nomás fué. No solo eso, también empezamos a sufrir la tiranía de los “prefectos” de las Brigadas de Disciplina, formadas por los alumnos de los últimos años al más puro estilo inglés.

Eso entusiasmaba mucho a las madres, las mujeres en Chile siempre apuestan por la disciplina, pero al parecer tuvo pésimos resultados en el tiempo: del Valentín Letelier salieron muchos terroristas, patos malos y árboles torcidos, la disciplina violenta puede templar el carácter de los niños en Inglaterra o Alemania, pero entre nosotros solo produce mestizos resentidos, antisociales y muy peligrosos.

Mi profesor era de apellido Fariña, pero nosotros le decíamos borgoña porque siempre andaba a medio filo, todos los profesores antiguos tenían que saber tocar algún intrumento y Fariña tocaba el violín. En realidad no recuerdo ni una sola palabra de ese profesor, que tuve durante 3 años en el liceo, excepto un día cuando nos asombró a todos imitando a la sirena de una ambulancia con el violín. Ese fué su aporte a mi educación.

El señor Fariña era descuidado y no le interesaba enseñar en lo más mínimo, por lo general se sentaba en silencio a leer el diario mientras nosotros conversábamos, no tengo idea como habré aprendido en esos años en que se enseñan algunas de las cosas más difíciles de la aritmètica como las fracciones y el mínimo común denominador, Fariña buscaba cualquier pretexto para hacer calducho y tocar el violín, que era la única forma en que nos comunicábamos algo, otras veces llevaba una radio Minuet y escuchábamos la Radio Portales.

En esos años las tareas eran muy sencillas: todos los día había que llevar copiada una plana del libro de lectura, eso era todo. La mayoría detestaban esas tareas, pero como yo era bueno para el dibujo ocupaba el 75% de la hoja en un enorme dibujo y solo copiaba unas pocas líneas. Como Fariña era medio artista simpatizaba con eso y no me ponía mala nota, sin embargo en ese año tuve muchos problemas de conducta, como pocas veces en mi vida.

Por lo que y recuerdo en primaria estudiabamos muy poco, yo vivía solo con mi mamá y pasaba la mayor parte del tiempo en la calle. Recorría todo el centro y cada tarde me iba a escuchar a los charlatanes de la calle Puente. Vendedores de pomadas maravillosas, tónicos o talismanes, uno de esos era insuperable porque rompía ampolletas y luego se las comía, hacia lo mismo con agujas, clavos, era increíble. Esa fué mi verdadera educación porque recuerdo perfectamente a los charlatanes “señoras, señores, señoritas, niñas y niños, lo que aquí les traigo es algo nunca visto y solo lo ofrezco porque me gusta ayudar a la gente con problemas; más que vender yo le vengo a regalar, no busco su dinero, solamente su amistad, aproveche que no traigo mucho porque de lo bueno poco”

Eso si que lo recuerdo clarito. En fin, el librito me trajo recuerdos de años ha, todos mis recuerdos de esa época son en blanco y negro o en los descoloridos tonos de la revista “En Viaje”. Y a propósito de eso es posible que me pierda por algunos días en una aventura nueva y peligrosa, si no escribo nada no se preocupen, voy en viaje. Y si me demoro mucho en actualizar el blog es que estoy tieso en la morgue. En fin, para morir nacimos ¿no?. De ahí les cuento. A todo esto cuando lean esto (miércoles) habrá aparecido mi habitual calumnia en La Estrella de Arica, si es que no me la censuran :D

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