
Recién pasé frente al Arrechón Express, uno de las pocas ideas de negocio originales que han surgido en Arica. Se trata de una serie de estacionamientos cerrados por una cortina donde, por la módica suma de unos US$ 3.- uno se puede encerrar en el auto con su pareja y hacer lo que se le ocurra en un ambiente más o menos íntimo y seguro.
El concepto en si no es original, para eso mismo antes se usaban los drive-in, los autocines, y en Arica las playas y los cerros. Algunos populares hoteles “mil estrellas” de la ciudad fueron el camino a las pesqueras (hoy está repleto de casas), la cima del Morro en los alrededores del Cristo de la Paz, la Playa Las Machas donde los ariqueños netos se quedaban con el auto enterrado en la arena durante los ochentas, la Isla del Alacrán antes que al funesto chico Medalla se le ocurriera que la alumbraran, los caminos perdidos del Valle de Azapa (la invitación era “te voy a llevar a conocer el kilómetro 500 del Valle de Azapa”) y el camino a playa Corazones, solo por mencionar algunos.
Usar el auto para esas cosas que normalmente se hacen en una cama es una costumbre muy extendida en Arica por ser una ciudad bastante segura, con buen clima, áreas apartadas pero accesibles, además la mayoría de los ariqueños tiene auto, a pesar de vivir con la billetera permanentemente vacía. Los extranjeros que vienen a Chile siempre se asombran por la cantidad de “moteles” que existen, esos que arriendan una habitaión para parejas por tres horas solamente.
En Arica en un cálculo rápido cuento más de veinte: los más antiguos y tradicionales que recuerdo son la Residencial Chile-España, el Motel Mi Casita (ahora se llama Yotahu) y la Residencial Ohiggins que ignoro si seguirá funcionando. Luego están los más recientes: las Nuevas Torcacitas, el Status, las Cabañas del Río, el Villa Favorita, Eclipse de Luna, Arrechón y varios más en Villa Frontera incluído un motel temático.
Los moteles son parte importante de la economía de servicios en nuestra ciudad. Muchos años atrás, cuando trabajaba en Tribunales, una amiga llegada de Santiago lo primero que me preguntó fue donde habría un buen lugar para ir con su patas negras a un rapidito, a la hora de almuerzo, según me contó un amigo dueño de motel esa es la hora boom de los moteles donde las parejas infieles -generalmente compañeros de oficina- aprovechan de arrancarse justo el par de horas que otros más inocentes usamos para dormir siesta o ir a la playa.
Chile, igual que el resto de América Latina, es muy curioso en asuntos de moralidad. A pesar que la mayoría nos declaramos católicos que es en teoría una religión muy estricta y puritana, en la práctica no tenemos ese horror puritano hacia la infidelidad de los gringos, donde cheating es una muy mala palabra, a los hombres y mujeres infieles los miramos con simpatía y a muy pocos se les pasaría por la mente pensar en la infidelidad como una traición malvada, más bien lo vemos como una debilidad o un vicio relativamente inofensivo mientras no se haga público “como hacer una raya en el agua”. Tal vez por eso la popularidad y el gran negocio de los moteles.