A la mayoría de la gente le gusta mandar y casi todos detestan que los manden, la mayoría de las personas hacen enormes sacrificios personales tratando de llegar a posiciones donde puedan mandar a los demás o arrancando de situaciones donde deben obedecer.
Como les conté el otro día, durante unos años yo pitutié vendiendo unos programas para el ejército y en esa época, conversando con unos amigos me dijeron que por qué no buscaba algún contrato más formal, que se pasaba bien y todo eso. Yo les dije que ni muerto porque no soportaba que me mandaran, la respuesta me dejó soprendido, “a ti es muy fácil mandarte, basta pedirte algo por favor ¡si vives haciendo favores!”. Bueno, como tan tonto no soy, aprendí varias cosas del ambiente militar, una de esas fue que el asunto de mandar, bien entendido, no es un privilegio sino una mochila que pueder llegar a ser muy pesada.
El arte de mandar se puede entender de dos maneras: la más popular es que el mando es un privilegio que a veces te regalan o te cae por suerte, y permite imponer tu voluntad por sobre los demás. Por ejemplo cuando nombran a una autoridad política o cuando alguien con plata contrata a otras personas y -como les paga el sueldo- considera que puede tratarlos como se le antoje, repartiendo favores o insultos según sea su humor, a la manera de un emperador romano que sube o baja el pulgar. Esa es una actitud muy común de los que llegan a un puesto de mando por la política y es parte de lo que yo llamo la enfermedad de las autoridades. En las empresas, los peores de estos mini-emperadores son no los dueños, sino los empleados con ambición que han logrado colocarse en una situación de mandar a los demás sin sufrir directamente las consecuencias de sus desatinos.
Con policías, milicos y en general gente con un poder mayor a las personas normales (las armas y el permiso para usarlas) la cosa cambia, esos toman muchas decisiones que pueden tener consecuencias graves. A un político, ejecutivo o empresario no les pasará gran cosa si se equivocan, pero una mala decisión de estos otros puede significar la muerte de mucha gente; acuérdense de Antuco, donde por un error de juicio del oficial murieron cientos de soldados. En esos casos mandar puede ser más una molestia que beneficio. En el antiguo regimiento Dolores conocí un cabo de unos cincuenta y tantos años, desde que salió de la escuela de suboficiales jamás tomó un curso para ascender y como hacía bien su trabajo termino jubilado con el mismo grado con que salió de la escuela: cabo, nunca tuvo responsabilidades ni se hizo gran problema de nada ¡30 años de cabo!
Por eso en las policías y fuerzas armadas se trata de enseñar -con más o menos éxito- el arte de mandar como una técnica para organizar a la gente de manera eficiente, en ese sentido son entrenados para mandar. Uno de los clichés clásicos es que lo primero es aprender a obedecer y eso es bien cierto, alguien incapáz de obedecer tampoco sirve para mandar, por eso existe ese chiste llamado la respuesta militar, que es “a la orden”: se obedece y al mismo tiempo se transfiere la responsabilidad al que dió la orden, cuando se entiende bien ese concepto, aplicándolo muchas veces, recién se está empezando a aprender como mandar.
Hay muchas teorías, ideas y estilos de mandar pero a mi modo de ver las peores son las que tienen una motivación ególatra: los que mandan solo para ejercer poder sobre las demás personas no valen nada, simplemente tienen el small penis complex y lo tratan de superar con su despotismo. Una forma buena de mandar es el liderazgo, o sea tomar a un grupo mal organizado y darles una dirección para que ellos mismos se beneficien. Déspotas versus líderes, dos formas diferentes de hacer la misma cosa.
Hay muchas cosas interesantes y útiles que aprendí mirando a los milicos, por ejemplo como manejarse con un jefe chiflado o abusador -que también hay como en todas partes- como ganarse el respeto y la amistad de los que están abajo y arriba porque todos sirven, también aprendí dos dichos muy buenos: “no hay enemigo pequeño… ni tampoco amigo pequeño” y el otro “un chincol se comió una viña: uva por uva” esos los aplico y siempre me han servido. En fin, cuando empecé a venderles mis programas, a mediados de los 90, tenía harta antipatía por los milicos y después de unos años me había hecho un montón de amigos y aprendí varias cosas útiles. Nunca se sabe por donde salta la liebre.