
Y así sigue el invierno tan ariqueño, nublado en las mañanas pero a mediodía casi siempre sale el sol, el Tomás chico que anduvo en Santiago para las vacaciones dice “ahora si que me di cuenta que en Arica nunca hace frio”, en verdad, uno tiene que salir a otro lado para darse cuenta de lo que tenemos.
Ayer fue mi día de oficina, de a poco me voy haciendo amigos, me gané una caja de cervezas para el día de pago por un computador que recuperé y estoy anotado para la comida de fiestas patrias que tendremos a fin de mes donde brindaré por Tacna y aprovecharé de reclamar contra los malditos chilenos que nos viene a levantar el trabajo a nosotros, los tacneños netos.
Es curioso porque yo siempre vi como la peor maldición eso de tener que trabajar sujeto a un horario, seguramente cuando deje de hacerlo y vuelva a mi estado natural voy a extrañar todo el sistema de la oficina con sus curiosidades y códigos internos. La señora que pasa vendiendo chicharrón y quinoa en las mañanas, la pelea por un escritorio, porque como somos itinerantes nos ubicamos en el primero que esté desocupado en una sala grande, las bromas del portero cuando salimos a terreno, en fin, es un kleine welt como los que describe Hesse, con sus propias reglas y costumbres.
Dudo que exista algo más improductivo que el trabajo de oficina, lo que yo hago fácilmente lo podría despachar en un par de horas, el verdadero trabajo lo dejo para la casa, cuando estoy cómodo en la noche sentado en mi sillón y mi propio escritorio. El tiempo restante lo dedico a darme vueltas, conversar y esperar que sea una hora decente para irme. Aunque me puedo ir un poco más temprano porque viajo a Chile, lo evito en consideración a mis compañeros, creo que es bastante con llegar tarde y no me gusta aparecer como abusando de los pitutos. Entonces cada tarde se transforma en una larga espera sin mucho que hacer, conversando y bromeando, dos cosas para lo que los peruanos son campeones.
Que extraño es el trabajo de oficina, seguramente en unos pocos años más será tan arcaico como las máquinas de escribir o los telex, en verdad gran parte de ese trabajo se puede hacer en la casa sin necesidad de tener a las personas juntas en un lugar físico. Una de las cosas más freak es que con el hecho de asistir físicamente al lugar de trabajo uno está cumpliendo con gran parte de su obligación, así es que los que van puntualmente son difíciles de despedir aunque sean muy improductivos. Mientras que alguien que produce valor y no se presenta a trabajar regularmente puede ser fácilmente despedido.
Si yo tuviese una empresa que no requiera atención a público o algo por el estilo, donde la presencia física es indispensable, creo que pagaría directamente por producción: si hay que hacer informes o estudios pagaría por documento entregado, porque la permanencia en oficina fomenta el inventarse actividad. Me ha pasado y también lo veo en los que trabajan conmigo, ¡inventan (inventamos) trámites adicionales solo para pasar la tarde!.
Con todo, la vida de oficina puede ser muy agradable. Sacar la vuelta sentado en un escritorio, simulando concentración mientras se revisa el correo, o se lee el diario, puede ser una gran vía de escape para el resentimiento de los que se sienten explotados. Aunque no sea muy bueno para la productividad para que diablos queremos productividad si ya nos acostumbramos a dejar todo para mañana, alargar las cosas y la burocracia es parte aceptada de nuestra sociedad. Cualquiera que sea muy productivo se debe sentir frustrado en una oficina porque pasará gran parte del día sin nada que hacer. Que quieren que les diga, estoy contento después de todo, creo que es una etapa entretenida y después podré escribir las crónicas desde la oficina o el manual del oficinista perfecto, espérense nomás…