
Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer pasado mañana, soy el campeón del aplazamiento especialmente con las cosas que no me gustan. Se acumula la mugre y el desorden en mi escritorio hasta que no lo soporto más y me viene la fiebre del orden. Tengo hace años el sueño de poner todos los libros, revistas y diarios que he ido acumulando, en un solo lugar bien ordenados, pero ahí siguen desparramados por todos los rincones de la casa. Así cumplo la segunda ley de la termodinámica al pié de la letra: la entropía siempre debe aumentar.
Lo aplazo todo, seguramente por eso jamás me casé, y todavía luzco un enorme agujero en mi boca sin arreglar, un colmillo para ser exactos. La lista de cosas para hacer mañana es enorme: me traje unas carpetas de Tacna para hacer los cuadros el fin de semana, ciertamente ni me he acercado a verlas, me esperan un par de conversaciones desagradables que he aplazado una y otra vez. Mucho de lo que atribuyo a mi legendaria mala suerte es ayudado por esta adicción al aplazamiento: dejar que los problemas pasen, a ver si desaparecen solos.
Pero esta vez fue diferente, ví la luz y conocí al Señor, mi vida cambió en un instante y siento como si hubiese nacido de nuevo. Tomás el irresoluto es cosa del pasado, mis ojos echan fuego, y mi mandíbula se adelanta en un gesto de fiera decisión. Por fin tomé el toro por las astas y me decidí a hacer algo desagradable que venía postergando hace tiempo: le pregunté a la Pilar si conocía algún mecánico -obvio que en su base de datos había uno- bajé la cuesta de la muerte en el Colt -rezando, porque no sabía como habían quedado los frenos- inflé el neumático que tenía en el suelo y dejé el auto donde un nuevo mecánico.
Me saqué un tremendo peso de encima, cada vez que veía el auto botado, oxidándose bajo mi ventana me sentía culpable, ahora el problema está en otras manos y si me arregla bien ese auto le llevaré el Honda para arreglarlo, aunque tenga que encargar los pistones a USA, porque ya no soy el que deja las cosas para mañana, al menos mientras me dure el entusiasmo.
La aficción por el alcohol no es solo una perversión humana, a casi todos los animales superiores tanbién les encanta copetearse, leía en un artículo del New Yorker como los elefantes en India se aficionaban a la cerveza de arroz una vez que la probaban y luego, cada vez que ven una barrica la abren con sus colmillos y se dan la gran borrachera destruyendo todo lo que encuentran a su paso. Los monos también le ponen entre pera y bigote y los frutos fermentados son un manjar de dioses para ellos, incluso animales tan estúpidos como las moscas llegan a aficionarse al trago una vez que lo han probado. The seductions of drink are wound deep within us, dice el artículo con mucha razón.
A propósito de eso anoche nos fuimos a la casa de Mila a comer y tomar unas cervezas, había preparado una cena de thanksgiving que estuvo planificando durante semanas, todavía le quedan costumbres de USA porque en Arica no planificamos nada, avisamos a último minuto y unas pocas horas antes de la comida andamos como locos comprando y consiguiendo lo necesario. En todo caso fue un verdadero banquete con ceviche, ensalada de palmitos y espárragos, papas a la huancaína, papas duquesa, pollo asado, pie de zapallo (increíble!), pie de limón, fresas y plátano bañados en chocolate y coco. Por primera vez me tuve que ir temprano porque no podía comer más, Mila consiguió lo imposible: dejarme sin hambre. Pasamos un rato estupendo en compañía de buenos amigos.
Un domingo más en aburrilandia, por lo menos el Colt -AKA The Green Monster- ya está en un mecánico decente y tal vez -con suerte- pueda andar en auto nuevamente en un futuro cercano. Cuando a uno le faltan las cosas es cuando las aprecia, creo que en cuanto tenga mis dos autos funcionando, después de más de un año de andar a pata, seré el más feliz de los mortales