
La razón de estado es un concepto no muy conocido, que tiene su base en otra idea que se usa a menudo pero muy pocos comprenden su significado: la soberanía. Gran parte de la furia que provocaron algunas actuaciones de George Bush en un sector de las personas desaparecería si entendieran estos dos conceptos y fueran capaces de ver como se aplican en todos los gobiernos del mundo.
“Yo hago lo que se me da la soberana gana” es una buena expresión del concepto de soberanía: es la facultad que tiene los estados de hacer cualquier cosa sin ninguna restricción de tipo moral ni legal aparte de las que ellos mismos se fijan. Mucha gente se asombra al saber de esta amoralidad fundamental de los estados que es una de las bases de su existencia como ente soberano. Leo en Wikipedia la definición clásica de soberanía de Jean Bodin:
“Es el poder absoluto y perpetuo de una República, y soberano es quien tiene el poder de decisión, de dar leyes sin recibirlas de otro, es decir, aquel que no está sujeto a leyes escritas, pero si a la ley divina o natural. Según este autor soberano debía ser el monarca, y se caracterizaba dicho poder por ser absoluto, perpetuo, supremo, ilimitado, indivisible e imprescriptible”.
La excepción de Bodin sobre la ley divina refleja la época en que se escribió la definición (siglo 16), cuando no era buena idea ponerse mal con los curas, el concepto es, en todo caso, que el soberano puede hacer lo que se le de la real gana. Dos siglos más tarde Rosseau adaptó el asunto a las ideas políticamente correctas de la época diciendo que la soberanía reside en el pueblo, quien delega su ejercicio en un soberano. El concepto sigue intacto, solo que el soberano tiene una limitación temporal.
En verdad la excepción de Rosseau siempre existió de una u otra manera, nunca hubo un soberano tan absoluto que se pudiese mantener por si mismo, sin apoyo popular de ninguna clase, muchos reyes cayeron durante el absolutismo a causa de su desprestigio y el caso más notorio fue la revolución francesa. El estado de derecho, nacido de la idea de soberanía popular de Rosseau tampoco dio verdadero poder de soberanía a la plebe, pero les dio la ilusión de que podían poner y sacar gobernantes a voluntad cosa que no ocurre ni en la democracia más perfecta.
Así tenemos al soberano, que puede ser rey por derecho divino o presidente constitucional, da lo mismo, con el poder teórico de hacer lo que se le da la gana. Bueno, esto es un decir porque tan absoluta soberanía tampoco existió nunca, ni siquiera Atila, dios y señor de sus sudbitos podía hacer todo lo que se le antojara y los mandatarios siempre han estado sujetos a muchas limitaciones, los consejos o poderes fácticos en las monarquías, los tres poderes del estado en los estados de derecho, etc.
Pero hay unos pocos casos donde la soberanía y la razón de estado se imponen prácticamente sin restricciones: cuando está en peligro la seguridad del estado, o en casos de guerra o de catástrofe pública. Todos los estados del mundo actúan como delincuentes en esos temas y la razón de estado se puede resumir en una frase “cuando lo hace el ejecutivo no es delito”, así es como operan los servicios de inteligencia, de seguridad del estado y las tropas en caso de guerra. Baste recordar como durante la Guerra del Pacífico que tuvimos contra Perú, con uno de los presidentes más correctos de nuestra historia, don Anibal Pinto, se produjeron y ampararon multitud de crímenes de guerra. Y nadie dijo nada, porque operaba la razón de estado.
Es muy curioso, no se si ignorante o hipócrita, la mayoría de las críticas que se le hicieron a Bush cuando, cualquiera que sepa un poquito de historia conoce que en USA hubo un gobierno íntimamente enlazado con la mafia, que ordenó e intentó el asesinato de jefes de estado hostiles, donde muchas familias se enriquecieron enormemente de manera ilícita, se torturó, se cometieron y encubrieron muchos crímenes de guerra, finalmente el presidente murió asesinado en un complot que se ha encubierto sistemáticamente durante décadas. Ese fue el gobierno de John F. Kennedy, uno de los más deshonestos de la historia norteamericana moderna y a la vez uno de los más populares.
Por eso yo multiplico siempre las opiniones populares por menos uno, la opinión pública normalmente está plagada de ignorancia, manipulación y clichés.