Tomas Bradanovic

6 mayo, 2008

Mi vida a pata

Archivado en: sin auto — tombrad @ 6:41 pm

Me compré mi primer auto en 1982, en US$ 1000.- lo vendí 15 años después con el motor fundido en exactamente la misma suma. Desde entonces dejé de andar a pie y manejé una sucesión de autos que corrieron distinta suerte: el Colt de la Pilar, el Suzuki “pulga maldita”, El Honda CRX y la camioneta Chevrolet Cheyenne 1500 que se me cayó del morro para abajo. La cosa es que entre 1982 y 2007 me las arreglé para no andar ni un día sin auto.

La idea de ser peatón me espantaba tanto como quedarme inválido, me acostumbré a andar con las llaves del auto en la mano y el día que no las sentía me parecía que iba a perder el equilibrio. Me aficioné a la mecánica y hasta empecé a escribir un manual para principiantes que no terminé nunca. A todos los autos que he tenido les he desarmado el motor hasta la última pieza -bueno, con una pequeña ayudita de mi vecino mecánico- y había llegado a pensar que nunca más volvería a andar a pie. El auto era una de las pocas necesidades intransables que tenía.

Podía faltar para comida pero no para combustible, todos los demás gastos eran prescindibles, menos la patente, el seguro y la revisión técnica que pagaba sagradamente cada mes de marzo, tuviera o no plata de algún lado siempre me las arreglaba.

Pero hace unas semanas -que para mi han sido como años- el Honda CRX tuvo nuevamente un problema de pistón y murió estrepitosamente, mientras que al Green Monster se le cortó una cañería de frenos y tampoco lo puedo mover. Con mi vecino mecánico, que me los podría arreglar a crédito, trabajando en Iquique me quedé atado de manos y volví a ser peatón después de casi 27 años.

Al principio me iba al Rapa Nui a pie, ida y vuelta, pero como mi casa está a unos 6 kilometros del bar era un gran problema especialmente a la vuelta de madrugada, cuando llegaba cansado y más transpirado que un mormón. Otro problema era la ropa porque al caminar me daba calor pero al estar toda la noche en el bar me daba frio. Para que decir cuando tenía que llevar algo más o menos pesado como el laptop, libros, etc.

Finalmente me decidí a lo impensable, usar la locomoción colectiva después de muchos años de maldecirlos y echarles el auto encima. Ahora me voy en microbus y a la noche me vuelvo a la casa en radiotaxi, es incómodo pero puedo vivir con eso, me imagino que sería lo mismo si me quedara sin Internet, lo extrañaría por un tiempo y después me acostumbraría.

La Pilar solucionó su problema de manera más práctica: como antes pasaba a dejar al colegio al niño de los vecinos de enfrente ahora ellos le prestan el jeep para que lo ocupe, nosotros en cambio les convidamos señal wifi junto con otros vecinos de la cuadra. Es muy característico de Arica donde todos viven intercambiandose pequeños favores.

A propósito mañana miércoles aparece mi columna de la Estrella que se llama Subsidios que funcionan, se trata de la maldición de los subsidios que, en algunas ciudades han financiado por décadas actividades no rentables y empresas quebradas. Los ariqueños conocemos muchas historias como esa.

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