Tomas Bradanovic

27 mayo, 2010

Desde el fundo de Talca

Archivado en: sindicalismo — tombrad @ 8:43 am


Ya me están molestando los virus de nuevo. El año 2008 tuve el último crash donde perdí mucha información y ahora volvieron a aparecer unos virus que el Avast no detecta, no tengo nada respaldado ni forma de respaldar, o sea estoy en la situación ideal para que se cumpla la Ley de Murphy. Cuando se borra un disco duro sin respaldo es como que se nos incendie la casa, ni me imagino como sería perder los 80 GB de información que tengo ahora.

Pero en fin, nada dura para siempre así es que para que preocuparse. Mañana creo que tengo el examen de finanzas, dicen que se viene muy pesado, veremos: Cesar, los que van a morir te saludan. O mejor dicho me hacen falta unas buenas vacaciones.

Conversaba ayer con mi amiga y colega Carola, sobre la apatía de los trabajadores para integrar sindicatos y movimientos sindicales. No me extraña, mucho más me extrañaría que la gente ande entusiasmada por armar sindicatos en un país donde ser sindicalista no entrega muchos beneficios.

Cuando yo trabajé en 1976 -brevemente, haciendo mi práctica de técnico- en la empresa IRT, recuerdo que uno de los personajes importantes era el presidente del sindicato, que tenía toda clase de privilegios: nadie lo podía despedir de la empresa mientras tuviera el cargo, hablaba de igual a igual con la plana mayor de la empresa, no hacía ningún trabajo aparte de sus labores sindicales, que consistían en conversar y hacer reuniones durante todo el día, en fin, era la imagen del tipo importante.

Ser presidente o directivo de un sindicato hoy no tienen ningún privilegio porque debe trabajar como todo el mundo con no pocos riesgos, porque si se pone complicado podría ser despedido. Todo ser humano antes de dedicarse a algo hace un análisis de costos y beneficios ¿cuales serían los beneficios de sindicalizarse? bien pocos a menos que se trate de una empresa grande y un sindicato con muchos afiliados.

El dilema del sindicato es si trabaja para la empresa o contra la empresa. Desde el punto de vista tradicional los sindicatos existen para corregir la asimetría de poder entre la empresa y los trabajadores, la empresa busca maximizar sus beneficios explotando a los trabajadores y estos se deben organizar para contrarrestarlos y maximizar los beneficios propios. Una vez le preguntaron a John L. Lewis, el famoso sindicalista fundador del AFL-CIO cual era su misión como presidente del sindicato y contestó “obtener más, siempre más para mis representados”.

Lewis era un buen ejemplo sindicalismo tradicional, se veía a si mismo como un gerente general de los trabajadores, tenía un sueldo enorme y vida lujosa, al tiempo que decía que el merecía de sobra lo que ganaba, porque siempre conseguía más para sus asociados. En los difíciles años de la Segunda Guerra Mundial mantuvo la actitud de confrontación para equilibrar el poder de las empresas sobre sus asociados.

Esa clase de sindicalismo tiene un problema interno. Si se considera que los intereses de los trabajadores y los de la empresa son contrapuestos y hay un permanente conflicto, cuando ganan los trabajadores perderá la empresa -y al poco tiempo empezarán a perder los trabajadores que viven de la empresa- En empresas muy grandes este efecto toma tiempo en aparecer, en empresas chicas en cambio la pérdida de competitividad aparece de inmediato y la empresa puede quebrar rápidamente.

Por eso los sindicatos que contrarrestan el poder empresarial funcionan principalmente en las empresas públicas, donde los déficit son endémicos y perder competitividad no pone en riesgo la supervivencia. Porque al final se llega a no poder competir: si no se puede competir la empresa desaparece, no hay empresa, no hay trabajo ni nada.

Por eso un problema fundamental de los sindicatos es que aserruchan la rama donde están parados, al contrarrestar el poder de la empresa su ganancia implica su ruina, porque el día que los dueños consideren que los trabajadores “ganaron” cerrarán el negocio y colocarán su plata en otra parte. Lo mismo pasa cuando el dueño de una empresa trata de maximizar sus utilidades quitando beneficios a los trabajadores, le está disparando al pie de su empresa porque los trabajadores descontentos también lo hacen perder competitividad.

Otro problema del sindicalismo a lo John L. Lewis es que resulta muy fácil que estos gerentes generales de los trabajadores se corrompan y lleguen a algún tipo de engaño, negociando bajo cuerda con la empresa. Es la teoría de agencia en acción, donde los representantes empiezan a trabajar por sus propios intereses en lugar de los intereses de sus representados. En la práctica casi todos los sindicatos de la vida real o son dañinos para los propios trabajadores y la empresa -porque la hacen menos competitiva- o bien son corruptos. Por eso en USA y Canadá los sindicatos se han convertido en el último bastión de la mafia.

La visión del sindicato como equilibrio de poder contrapuesto a la empresa tiene el problema de que si se gana, se pierde. Puede que cubra la necesidad psicológica de los trabajadores de sentirse respetados, pero lo mismo se podría conseguir por otros medios mucho más civilizados que la huelga, que es el instrumento de presión de los sindicatos. La huelga normalmente es un disparo en el pié, tal vez la herida no se nota de inmediato si la empresa es grande, pero después de un tiempo empieza a supurar y sus efectos se van acumulando.

Lo malo es que un buen sindicalismo también necesita de buenos empresarios, todos los problemas salen de la lógica del fundo de Talca que mi compadre Oscarini me describió una vez de manera brillante:

“Yo veo a Chile como un fundo de Talca, con el dueño del fundo prepotente y explotador, que vive abusando del campesino. Este en represalia es ladrón y se acuesta con su mujer: así todos viven felices, convencidos que se están aprovechando los unos de los otros”

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