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Como hoy intentaré viajar a Tacna, aprovecho de subir la entrada en la madrugada para que no me quede un día saltado en el blog. No se preocupen, seré breve. Hasta mañana.
Bah, ese mismo chiste lo digo cada vez que empiezo una charla: “seré breve: muchas gracias”. Que más se quisieran los aburridos auditores, pero no señores, tengo algo que decirles, aunque todavía no se que diablos es. Lo que pasa es que estoy tan acostumbrado a escribir estas tonteras diarias que casi nunca me paro a pensar acerca de que cosa voy a escribir. Creo que el tema del día son las huelgas y las protestas: cuando un grupo se siente lo suficientemente poderoso como para conseguir lo que quiere usando la violencia.
Yo que viví en los gloriosos años sesenta recuerdo cuando estas cosas se empezaron a poner de moda. Primero fueron las huelgas, donde los -entonces todopoderosos- sindicatos no solo se negaban a trabajar sino que impedían por la fuerza que los trabajadores “amarillos” entraran al trabajo. Luego vinieron las tomas y ocupaciones ilegales, donde masas de gente ocupaban un terreno o una empresa y simplemente se apropiaban por la fuerza. También estuvieron de moda en esos años los secuestros de aviones, cuando Cuba le daba asilo a los secuestradores el secuestro llegó a ser casi un deporte.
Todo eso tenía en común la impunidad: se podía usar la violencia y no pasaba nada, incluso era conveniente porque por la fuerza se ganaban aumentos de sueldo, terrenos, negocios o lo que fuera. Los gobiernos de esos años eran tolerantes e incluso el de Allende era cómplice de las tomas, porque las usaba para colocar después a gente de sus partidos en un método informal para expropiar sin tener que pagar compensaciones.
Con el Gobierno Militar se terminó la fiesta. Se acabaron los sindicatos únicos y nadie estaba obligado a pertenecer a un sindicato ni a que le descontaran por planilla. Con eso no hubo necesidad de prohibir a los sindicatos porque sin poder forzar las afiliaciones estos prácticamente se extinguieron. Cada vez hubo menos gente interesada en pertenecer a un sindicato, excepto en las empresas muy grandes. Los terrenos e industrias tomadas se restituyeron, en gran medida, a sus dueños y la presión internacional obligó a Cuba a dejar de asilar a secuestradores.
Sin embargo el Gobierno Militar nunca tuvo los pantalones para descabezar a algún sindicato de empleados públicos cuando hacían una huelga, hasta ahí nomás les llegaba la mano dura. En los noventa volvió la democracia y volvió la fiesta de los empleados fiscales. El sector público que se había racionalizado en los últimos años se volvió a repletar de políticos zánganos y apareció nuevamente la costumbre de hacer huelga todos los años, cosa que ocurre con regularidad y exactitud hasta el día de hoy.
¿Que hacer? Si bien es cierto que mal de muchos es consuelo de tontos, en otros países la situación es aún peor. Veo en Cryptome las fotos de los estudiantes protestando porque tendrán que pagar la universidad, aparece uno con un cartel que dice “No quiero ser un deudor de por vida”. Too bad, se terminó la plata dulce y ya no hay manera de financiar los estados de bienestar donde todo era “gratis”, mejor que se vayan acostumbrando.
Una persona como yo, que -bien o mal- casi siempre me he ganado la vida por cuenta propia, nunca he podido entender la mentalidad de parásitos de los que por un lado se quejan de su trabajo y por el otro no son capaces de renunciar y buscarse otra cosa mejor. Simplemente se escudan en el rebaño y en la falta de pantalones del gobierno para abusar y conseguir beneficios, normalmente pagados por nosotros los giles, vía impuestos.
Es una combinación perniciosa causada por la cobardía de los que gobiernan y no se atreven a aplicar la ley para no perder popularidad. Al final el gobierno y la oposición quedan lindos accediendo a las exigencias mientras nosotros -que no tenemos nada que ver con las demandas de las sanguijuelas- terminamos pagando todos los costos. No solo la plata de sus aumentos salen de nuestros bolsillos sino que además se nos niegan todos los servicios públicos, pagados con nuestros impuestos, mientras a los sinverguenzas no les dan lo que ellos creen que merecen.
Pero en fin, supongo que no todos los empleados públicos son sanguijuelas y muchos simplemente tienen que adherir a la huelga por la presión del rebaño. Por eso yo creo que en estas huelgas de empleados fiscales todos los dirigentes de sindicatos de empleados públicos deberían ser automáticamente despedidos. Cuando alguien roba todos esperamos que lo metan preso, o por lo menos que lo multen. Sin embargo cuando un empleado público, dirigente sindical, incita a una huelga ilegal nadie tiene los pantalones para despedirlo.
¿Por que pasa esto? Porque la opinión de la gente común es básica, ignorante Creen que el estado es “otro”, creen que “los que pagan son lo ricos”. Ilusos, los ricos muy rara vez pagan, los que pagan son cada uno de esos giles que aplauden cuando los empleados públicos se van a huelga. Si no fuesen tan giles se darían cuenta de que están manteniendo y fomentando una cultura del parasitismo, alimentada con la plata de impuestos que ellos mismos pagan. Pero como dijo Stuart Mill “los pocos discretos y los muchos tontos” son los que votan…