Iquique y Arica son como el polo sur y norte de un imán, dos ciudades diferentes desde siempre, aunque Iquique -Tierra de Campeones a 300 kilómetros de distancia- es la ciudad chilena más próxima que tenemos. Son históricas las rivalidades deportivas, las bromas pesadas y las comparaciones odiosas, como suele pasar en Chile entre dos ciudades vecinas,
Los iquiqueños dicen en broma que somos llamos, comparándonos con los flojos rumiantes del altiplano, mientras que nosotros también en broma les decimos come-burros, recordándoles el mito que que para los años de banderas negras ellos se empezaron a alimentar a expensas de los pobres burros. Ya lo ven, nos amamos con toda el alma.
No recuerdo si fue en 1979 o 1980 cuando viajé por primera vez en la camioneta Silverado celeste, con Gabriel Abusleme y mi amigo el Corcho a lo que iba a ser mi primer trabajo. El viaje por el desierto, que hoy lo hago a ojos cerrados, me pareció eterno. No se terminaba nunca de subir y bajar enormes quebradas, rectas aburridísimas y la entrada a la ciudad por un enjambre de curvas. Cuando comenté que nunca había estado en Iquique me dijeron “no te has perdido nada”, el comentario clásico de todo ariqueño que se respete.
La ciudad está en una angosta faja al borde de un barranco enorme que la encierra por todas partes. La primera impresión, al bajar por el borde es maravillosa: el mar, el cerro Dragón que es una duna gigantesca y las casas al borde de una larguísima playa. Esa foto es sin duda la mejor vista de Iquique, la sacó mi compañero de la U Angel Alarcón desde el parapente.
Al llegar abajo y entrar a la ciudad se termina el encanto, porque el sector del cementerio y las calles que lo rodean dan la impresión de ser una inmensa favela brasileña. Iquique no es especialmente sucio, probablemente tiene menos basura en las calles que Arica, pero la mayoría de las casas dan una impresión de miseria, suciedad y abandono increíbles. Mi primera impresión de la ciudad fue que era una gran favela.
Me costó acostumbrarme, pero después de un tiempo me empezó a gustar. Iquique era una ciudad repleta de tradiciones y en esos años todavía todo el mundo se conocía, al poco tiempo ya estaba jugando de local. La Picada Cavanchina (un club de futbol-restaurant administrado por pescadores), la botillería La Boya y el Moby Dick eran mis puertos naturales, pocos años después abrió el Vagón en una casa viejísima y microscópica al frente del muelle de pescadores.
La Zona Franca todavía no era el boom que llegó a ser después, pero ya estaba llegando la primera ola de comerciantes: Posner, Grispun, Abusleme, Razeto, Pescetto, Fazio, Sadman, Fuchs, Pino, Dvorquez, Abujatum, Wachter, Razmilic, eran los pioneros, la mayoría comerciantes del antiguo puerto libre de Arica. Luego los inmigrantes hindues: Goklani, Dadlani, Chatani, puros “ani” que -según decían- es una terminación aristócrata en India. Vaya uno a saber.
La Zofri transformó a Iquique y fue el comienzo del fin de una rica ciudad de provincia, el clavo que selló el ataud fué cuando llegaron los grandes proyectos mineros con sus ejecutivos de Santiago en flamantes camionetas de la empresa. Siempre sentí una antipatía instintiva hacia esa gentuza y sus mujeres, especialmente sus oxigenadas mujeres, paseando las liposucciones con la arrogancia típica del roto con plata. Me hacian recordar al nefasto huaso en camioneta de mis años del sur. Por eso debe ser mi disgusto hacia Playa Brava y sus alrededores.
La cosa es que con los años adquirí un cariño por Iquique, el de las favelas de la Jorge Inostroza, de los bares El Dándalo y el Genovés, de los gimnasios de box donde alguna vez entrenaron Arturo Godoy y el Tani Loayza, Iquique de las shopperías de los Scharaffia, la Salchicha Voladora y el Julio Prieto, que debe ser el último de los prostíbulos de la vieja escuela que van quedando en Chile.
El dibujo que ilustra esta entrada corresponde al conventillo Urbina de Valparaíso según Lukas, pero me hace recordar las casas del barrio El Colorado de Iquique, en fin, ya con esta me despido a los sones del vals
Iquique, sol de marino
Iquique, flor de pasión
pupilas de ojos nortinos
que miran con emoción
Cavancha, luz que fascina
hermoso el espigon
Iquique tierra divina
te llevo dentro del corazón
Con mi saludo emocionado para todos esos malditos come-burros con quienes pasé tantos años maravillosos.