Tomas Bradanovic

11 enero, 2011

>Malditos trolls

Archivado en: anonimato, Internet, troll — tombrad @ 7:23 pm

>Me gustan algunas cosas del relativo anonimato que existe en Internet: por ejemplo que me permite gastar buena parte del día paseando por páginas porno sin que todo el mundo se entere.

Aparte de eso, en mi caso al menos, no tengo la más mínima preocupación por la confidencialidad y desde fines de los noventas, cuando empecé a subir contenidos y mis disparatadas opiniones por Internet lo he hecho siempre firmando con mi nombre y apellido. Entre todas las tonteras que he publicado con mi nombre, hay cosas que harían sonrojar a Rasputín, si algún día, llamado por mi natural vocación de servir a los demás, tuviese la pésima idea de postularme a una elección, mis oponentes la tendrían muy fácil para dejarme KO, bastaría que se pasaran un par de horas en Google y se encontrarían con las barbaridades más grandes firmadas por mi, partiendo por mi promesa de que si algún día tengo un cargo público les juro que me robaré hasta el gato. Y no lo digo en broma.
No tengo nada contra el anonimato cuando alguien por razones prácticas prefiere esconder su nombre verdadero, incluso cuando lo hace solo para tener más libertad para opinar me parece perfecto. Mucha gente podría perder su trabajo o tener graves problemas si opina con franqueza, algo que a los que somos cesantes ni nos preocupa.
Pero hay otra clase de anonimato que es cobarde y hasta un poco psicópata: el de los tipos que creen tener alguna clase de ingenio excepcional y se ven -en su imaginación- como una especie de vengador enmascarado, libres para decirles unas cuantas verdades a los que les caen mal. Los foros de los diarios en línea están repletos de trolls que se amparan detrás de seudónimos para insultar y botar toda la caca que llevan en su cerebro, son realmente gente muy desagradable: enfermos y cobardes.
Cuando uno de esos se asoma por este Templo del Ocio, a veces los tolero una o dos veces, luego saco mi Bate de Beisbol Virtual y procedo a borrar una por una las estupideces que mandan. Difícilmente me voy a cansar de borrar una y otra vez a un troll, al contrario, disfruto cada vez que hago clic en el botón “suprimir” porque siento como si le estuviese dando un palo en la cabeza. Es una experiencia realmente rica.
Mi criterio para calificar a un troll es sencillo: si alguien con un seudónimo me insulta, o usa expresiones poco educadas o seudo ingeniosas, si se expresa de manera ininteligible, si injuria a quien sea, si se muestra insolente ¡paf! “delete”. Distinto el caso si su opinión me parece irremediablemente ignorante, tonta o irritante contra mis muchos prejuicios, entonces la dejo sin importar con cuanta asertividad la haya dicho, total, cada cual puede opinar lo que se le de la gana, mientras no insulte todo bien.
En fin, solo quería expresar mi desprecio por algunos troll que se creen muy inteligentes y se dedican a insultar en los foros de Internet, que se vayan al diablo malditos sean.
Y como es mi día de flojera me limitaré a copiar mi columna en “La Estrella de Arica” que sale mañana -u hoy- miércoles en la página 10 u 11, no estoy seguro, aquí va:
Crédulos y fantasiosos

Somos únicos en muchas cosas que nos retratan como ariqueños. Una de nuestras características más divertidas consiste en lo extremadamente crédulos y fantasiosos que podemos ser. Acá hasta los ateos creen en milagros, y basta que llegue alguien con una buena historia para que la compremos a ojos cerrados. Nuestra ciudad es el paraíso de los cuenteros y cada cierto tiempo aparece alguien con un proyecto y una gran maqueta bajo el brazo ofreciendo millones de dólares, miles de puestos de trabajo y la solución definitiva para los problemas de la ciudad.

Lo malo es que los problemas, como se entienden en Arica, no tienen solución. Todos quieren vivir en un estado de bienestar sin mucho esfuerzo que puede estar al alcance de los que ganan la lotería o encuentran un trabajo ideal, pero nunca de la gente normal. Nosotros los ariqueños netos, acostumbrados a décadas de subsidios y leyes especiales, afirmamos convencidos que sin subsidios la ciudad muere. La verdad es que Arica no se muere ni mucho menos, las cifras de pobreza, cesantía y costo de vida han sido bastante buenas desde hace años, pero la idea general es que estamos en una crisis horrenda. Una crisis imaginaria no tiene remedio.

Eso explica que las autoridades y ciudadanos sean engañados una y otra vez con millonarias inversiones que solo traerán beneficios sin costo ni daños. Esas que jamás se materializan o bien terminan en desastre, porque son negocios demasiado buenos para ser verdad. Para que dar ejemplos, se podría llenar un libro más grueso que la Biblia, pero quien tenga memoria, que la use.

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