Con un par de tragos me pongo creativo, excepto cuando di mi examen final de Técnico en 1975. Venían unos profesores de la UTFSM a comprobar si éramos dignos de ostentar el cartón con el castillo y las vacas de la Santa María (por algún lado lo debo tener) y entonces para pasar los nervios nos tomamos una caja de cervezas con mis compañeros antes de presentarnos. Nunca había sufrido tanto como esa vez, a medio filo, enfrentado al pizarrón, peleando por concentrarme y por vencer las ganas de mandar todo al diablo. Varios de mis amigos se quedaron sin título después de dos años estudiando, todo por unas chelas demás, yo lo saqué apenas.Todavía me acuerdo que era un problema de teoría de redes que hoy haría con los ojos cerrados, pero en ese tiempo era otra cosa.
Como ha cambiado el foco en la educación técnica, antes se trataba de formar tipos con mucha capacidad de concentración, capaces de resolver problemas complicados, ahora con las calculadoras y los PC esas habilidades ya ni se usan a nivel técnico, a menos que uno sea un científico o matemático lo que buscan es un tipo que se le prenda la ampolleta, lo que no está mal pero no solo de ideas brillantes vive el hombre. Veo la adicción a la calculadora en mis colegas más jóvenes, que apretan mal una tecla y no se extrañan si el resultado les da miles cuando tendrían que ser millones. Cuando yo estudiaba hijitos (ñaca-ñaca) alcancé a tener un curso de regla de cálculo, donde ponían una réplica gigante de la regla Aristo en el pizarrón y nos pasábamos horas en los intrincados problemas de la interpolación.
En esos años aprendí que los logaritmos sirven para multiplicar sumando y para dividir restando ¿sabrá eso los ingenieros más jóvenes? bah, apuesto que ni lo saben. Es el ego ingenieril, en el blog de los carnotistas se festinaron con eso, la ingeniería es una profesión repleta de ego y a mi algo me queda (que saben estos mocosos de hoy, ñaca ñaca).
A propósito de competitividad quisiera mencionar el fetiche de la innovación y el emprendimiento (que palabra más horrible) que son los clichés de moda desde que llegó la democracia. Dicen que la innovación es la clave de la competitividad, eso es falso, puede ser un factor pero no es el único ni tampoco el principal. La verdadera clave de la competitividad es hacer mejor las cosas, eso se puede lograr sorprendiendo con innovaciones pero también haciendo mejor lo que todos los demás hacen. La innovación es solo uno de los caminos en el jardín de los sendero que se bifurcan no es “el camino” y en algunas situaciones puede ser el camino menos adecuado. No hay que olvidarse que la mayoría de las innovaciones fracasan porque tienen un riesgo inherente mayor que algo ya probado. Fomentar la innovación y el emprendimiento -como hacen ahora muchas agencias del gobierno- equivale a comprarles boletos de lotería a los pequeños empresarios, ilusionándolos con la idea que existe un camino fácil para hacerse rico, claro que no existe ningún camino fácil, ojalá existiera.
Leía hace poco algo de Al Ries donde dice que la calidad ya no produce una ventaja competitiva sostenible porque es fácil de copiar, ahora que todos se tienen que certificar con las ISO 9001 y similares la calidad pasó a ser un piso básico a partir del cual hay que buscar otras formas de diferenciación. Eso en teoría suena muy atractivo, pero en la realidad es una burrada, porque confunde la calidad (satisfacción del cliente) con las certificaciones y sistemas de gestión de calidad, se trata de dos cosas muy diferentes. En el mundo real la calidad -bien entendida- todavía es una fuente de ventaja competitiva sostenible y así será por mucho tiempo, porque estamos muy lejos del día en que todas las empresas den el mismo grado de satisfacción a sus clientes.
Ah la calidad, si me miro yo mismo como un producto y observo en que medida satisfago las expectativas de mis clientes (empleadores) tengo que reconocer que soy de muy, muy mala calidad. Pero que hacer, es lo que hay nomás. Hasta mañana.
